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El 7 de julio de 1977 fueron secuestrados en la ciudad de Mar del Plata los abogados José María Vard, Carlos Bozzi, Camilio Ricci, Raúl Hugo Alei, Salvador Arestin, Tomás Fresneda, María Argañaraz de Fresneda y Norberto Centeno. SADOP recuerda con dolor estos siniestros sucesos y pone en valor a un símbolo de los derechos laborales, el Dr. Norberto Centeno, autor intelectual de la Ley de Contrato de Trabajo, desaparecido durante «La Noche de las Corbatas».

Entre el 6 y el 8 de julio de 1977, la Dictadura Militar comandada por Jorge Rafael Videla, Orlando Agosti y Emilio Massera, llevó a cabo una de las acciones más aterradoras y mejor orquestadas del Terrorismo de Estado: “La Noche de las Corbatas”. A través de la captura, tortura, desaparición y muerte -en algunos  casos- de 11 personas, todos abogados y familiares, la Junta Militar buscó sembrar el terror entre los ciudadanos que pretendieran todavía defender sus derechos civiles a través de La Ley. 

Entre los secuestrado se encontraba el letrado laborista Norberto Centeno, autor intelectual de la Ley de Contrato de Trabajo, y firme defensor del pueblo trabajador contra la explotación patronal. Centeno fue maestro y referente de muchos abogados laboralistas; algunos de sus discípulos desaparecieron durante la triste Noche. 

Su militancia se inició durante su juventud. En 1960 fue detenido en el marco del Plan Conintes por su defensa insobornable a los derechos del trabajador. Posteriormente, sus detenciones en 1969 y 1976 dejan constancia de su constante e inquebrantable lucha. 

Su labor como laboralista fue coronada con la elaboración del anteproyecto de Ley de Contrato de Trabajo, que en conjunto con el de CGT, constituye los antecedentes de la Ley 20.744. Posteriormente, en 1973, integró la comisión redactora del anteproyecto de Ley de Asociaciones Profesionales. En 1974 llevó a cabo otro anteproyecto, que fue el antecedente principal de dicha reglamentación, aprobada ese mismo año por la Ley 20.744, y que constituye la legislación laboral más importante de la historia argentina.

La Ley 20.744 de Contrato de Trabajo reconocía para Centeno una concepción humanista del trabajo como actividad creativa y productora de intrínseca nobleza y dignidad, tal como afirma su fundamentación: “El trabajo como valor esencial y original de las cosas y una sociedad fundada en él, es la idea que se transmite a todo el dispositivo, pero además el trabajo, cómo hacer, se confunde con el trabajador y es por ello el destino de perfección”. 

Además, Centeno tuvo una larga trayectoria en organizaciones sindicales, ya que fue asesor legal de la Confederación General del Trabajo (CGT) y colaborador incansable de varios gremios de la Argentina.

Tras el Golpe Militar de 1976 y con el “asesoramiento” de empresarios y militares, la dictadura cívico-militar modifica el 29 de abril de dicho año, 125 artículos de la Ley de Contrato de Trabajo. Intervenidos los sindicatos, desaparecidos, asesinados, presos y exiliados la mayor parte de los dirigentes gremiales de nuestro país, el terreno quedó allanado para avanzar en la reestructuración del capitalismo concentrado y neoliberal en la Argentina. La sólida organización sindical y una legislación laboral frondosa y avanzada se veían impedidas de continuar sus luchas por la dignidad del trabajador y en contra del incremento desmedido de la tasa de ganancia de empresarios y hacendados. 

El 7 de julio de 1977, conocido tristemente como “la Noche de las Corbatas”, fueron secuestrados en Mar del Plata, casi simultáneamente, los abogados José María Vard, Carlos Bozzi, Camilio Ricci, Raúl Hugo Alei, Salvador Arestin, Tomás Fresneda, María Argañaraz de Fresneda (embarazada) y Norberto Centeno. Corrieron la misma fatídica suerte las esposas de algunos de los detenidos. 

Queda claro que, ideológicamente, para la Dictadura Militar resultaba inconveniente que se mantuvieran los principios inspiradores de las leyes de protección del pueblo obrero a través de la jurisprudencia y las afirmaciones doctrinarias.

En el caso de Centeno, fue secuestrado por los militares, golpeado y luego trasladado hasta el centro clandestino de detención «La Cueva», ubicado en la Base Aérea de Mar del Plata, en donde se lo torturó hasta la muerte.  

Hoy en día, Norberto Centeno es uno de los abogados más recordados de la Argentina por su lucha por los derechos de los trabajadores y su incansable pelea en contra los gobiernos dictatoriales de nuestro país. Por ello el 7 de julio es el Día Nacional del Abogado Laboralista, en conmemoración de su secuestro y desaparición durante “La Noche de las Corbatas”.

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El pedagogo Carlos Skliar analiza la educación en la era de la covid-19.

Fuente: Página 12, María Daniela Yaccar

Carlos Skliar es escritor, pensador y pedagogo. También es investigador del Conicet y del área de Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y vicepresidente de PEN Argentina (organización que nuclea a poetas, ensayistas y narradores).


“En la pandemia la escuela tomó su peor forma o apariencia: la relación entre tarea, resolución y evaluación”, afirma. A la vez sugiere nuevos caminos posibles, a partir de lo que este contexto inédito puede dejar como enseñanza: “Al contrario del exceso y la parafernalia de la conectividad, he retrocedido a la idea de la pedagogía pobre: aquella que mira para los costados y se da cuenta de que lo más importante de la vida o del mundo es aquello que hemos dejado ignorado”.


–¿Qué aspectos sobre la educación deja ver la pandemia?

–Hay algo que venía de antes que la situación de aislamiento reveló.
La escuela tomó su peor forma o apariencia: la relación entre tarea, resolución y evaluación. Es una suerte de burocratización.
Una fórmula que solamente consiste en dar un material, asistir a la tarea y juzgar. Por suerte la evaluación quedó en la nada. Fue justo que lo hayan pensado así. Mantuve una conversación multitudinaria con miles de personas, docentes en su mayoría, sobre el agotamiento; sobre esa caricatura de la escuela, esa forma desdichada.
Muchos empezaron a darse cuenta de que estaban ocupando el tiempo sin considerar la situación, lo intempestivo del problema educativo, del mundo y de la vida, que está aconteciendo en este momento.
Como si la escuela fuese ajena, como si perdiera de vista que se trata de un momento límite de una cierta forma del mundo y de vivir. Creo que hubo dos reacciones: por un lado, la escuela como reproducción mecánica, burocrática, administrativa; por el otro, es una oportunidad para que vuelva a ponerse en escena como el lugar donde aprendemos a vivir.
En el fondo se trata de la diferencia entre tiempo ocupado y libre.


–¿En qué sentido?

–La escuela había acogotado el tiempo libre en nombre de aprender y de que no hay que perder el tiempo. En nombre de que el niño será un adulto empleado en unos años. Esto pone en el tapete la discusión de si la escuela es un lugar de tiempo libre o de tiempo terriblemente ocupado por una planificación.
Yo era partidario de creer que la escuela era tiempo libre.
Que significaba salir del ritmo frenético o de aceleración personal.
Era irse a pensar y sentir el mundo, no justamente ocupar el tiempo como lo hacen los adultos. Esto se vio retratado en estos meses a propósito de ocupar a los niños con tareas.
Del otro lado está la idea de liberarlos, dejarlos en paz. Y también es un gesto terriblemente educativo: nos han formado cuando nos han dejado en paz para leer, jugar, lo que sea.


–Usted también viene reflexionando sobre la “tecnoeducación”.

–Ya se preveía una escolarización o educación formal mediada por la tecnología. Se hablaba de una “tecnoeducación”, de una livianísima o superficial mediación por parte de los maestros. O de su fin. La pandemia subrayó la confusión entre conectividad y comunicabilidad.
Estoy impactado con esta idea: hasta ahora era claro –pensé que lo era– que la responsabilidad de un educador es tomar la palabra en nombre de la humanidad, el mundo anterior, presente y porvenir. Y buscar cómo comunicarla en diferentes estructuras. Si fuera a través de la conectividad, con ella como una herramienta más. Ahora es como si se hubiera invertido esta lógica. Dado que en una buena parte del mundo la conectividad es un hecho, pareciera estar resuelta la comunicabilidad.
Tomar la palabra, tener algo para decir, quedó en la nada. Como si fuera superficial, banal, dado por la naturaleza. Y no es verdad. Habría que insistir en qué tienen el mundo y nuestras vidas para decir que se pueda comunicar bajo las formas que se quiera, y ver si la conectividad ayuda o no. No tengo problemas con las nuevas tecnologías, siempre que nos sirvamos de ellas para el eje fundamental de construcción de sexualidad, ciudadanía, mundialización y todos los temas que atraviesan a la escuela.


–La idea de una escuela sin maestros es contradictoria con la sobrecarga que elles manifiestan que vienen experimentando en la pandemia, ¿no?

–La tecnoeducación crea la falsa idea de la disponibilidad. Lo que antes era un espacio-tiempo consagrado a la tarea de educar se ha vuelto una cuestión de disponibilidad.
No sólo ha aumentado el trabajo: ha aumentado la reunión por el trabajo. El perfil administrativoburocrático del maestro, como si ése fuera el lugar de su responsabilidad o preocupación. Estoy seguro de que nadie quiso ser educador para eso. Aquí está la mezcla entre disponibilidad y disposición: “Estoy terriblemente dispuesto al gesto de educar pero no estoy disponible 24/7”. Se ha ingresado en el acelerar de un proceso descripto hace más de una década: 24/7 para educadores. Agotamiento absoluto.
He escuchado que la vuelta a la normalidad traerá consigo una catarata de licencias médicas… el volver a la escuela va a ser complicado por el estado en que se encuentran chicos y educadores. Es una sobrecarga superflua: no ataca el nudo de la cuestión. Hablamos de lo periférico, todo el tiempo.
Hay una mezcla entre rutina y ritual que habría que despejar. Volver a ciertos rituales, no rutinas, no estaría mal. La escuela tiene algo de rutina, por supuesto. La ciudad se organiza a partir de ella. Pero dentro de la escuela hay rituales hermosos que estamos echando de menos y olvidando.

–¿Qué opina de la brecha digital, que afecta tanto a estudiantes como a maestros?

–Esto se había marcado hace un tiempo de otra manera, con otros conceptos, que presagiaban que nuestra generación y las anteriores estaban desacompasadas con respecto a las generaciones digitales nacientes. En algunos casos se mencionaba como un obstáculo que los maestros no estuvieran a la altura de los niños. Y mucha gente planteaba que la educación era un punto de encuentro entre diferentes generaciones, que ése era el principio educativo por excelencia.
Hay que mirarlo desde dos lugares.
Si esta idea de brecha digital es una falsa acusación a los maestros, mi defensa tiene que ver con que siempre la educación es un encuentro entre generaciones desacompasadas, que buscan encontrar lo común para ir más allá de las propias edades y lo que corresponde a una época determinada.
Por otro lado, el relato de la brecha digital es evidente en términos cuantitativos. Como los estudiantes, muchos maestros tampoco tienen acceso liberado, gratuito, sostenido.
Este es un principio por el que yo había batallado: si provisoriamente íbamos a tener que mutarnos en una suerte de educación virtual, la condición no podía ser la precariedad de nadie. Hay quienes creen que lo digital es apenas un medio atractivo, lleno de recursos, muy potente, pero que es simplemente una forma de transmisión y no determina contenidos.
Otros creen que la forma determina contenidos, un tipo de palabra y lenguaje, formas de hacer. Yo estoy entre ambos. Tengo una sensación de que muchos están instalando la idea de que aquello que puede ser provisorio en momentos de pandemia será definitivo. Hay que hacer un proceso de sedimentación. Hay una enorme discusión para dar sobre qué quedará y qué no. Qué es lo superfluo y qué lo significativo.
Qué es lo banal, lo mecánico; qué es lo espiritual.


–¿Y qué supone que quedará? –Va a depender mucho de la forma en que salgamos de esta condición de aislamiento y distanciamiento.
Hay una posibilidad de salir absolutamente agotados, hartos, con un cansancio feroz, que no produciría un encuentro demasiado dichoso. Si imaginamos el reencuentro como una celebración hay que ver cómo llegamos a la fiesta.
Preparar un poco las casas. Las escuelas tienen que volver a estar en condiciones no precarias para que pueda ser una celebración adecuada y no vuele todo por el aire. No se puede volver a la explosión de un tanque de gas, a un techo caído, a la falta de calefacción. La gente eligió otro Estado. La tercera línea que hay que pensar es que nos debemos —si las urgencias no nos vuelven a consumir— una larga conversación sobre el mundo anterior.

Sobre cómo llegamos a la pandemia para analizar si la pandemia es una excepción o formaba parte de un mundo anterior.


–¿Qué reflexiones le sugiere la manera en que distintos países del mundo retoman las clases?

–Muchos estamos pensando en el regreso como la vuelta de la celebración, la fiesta, pero todavía estamos en el medio de. Espero que todo lo que está siendo planteado como regreso sea un momento de la historia. Que nada asuma carácter definitivo. Lo que veo en general (no en las escuelas) me espanta un poco: es un espectáculo del cual no quisiera participar. Entiendo las medidas de cuidado, pero… ¿cómo nos vamos a cuidar del mundo que ha creado esta pandemia? ¿O del mundo que ha dejado todo al pie de la pandemia? Otra sensación que tengo es ante lo precario. Estoy como el personaje de La peste, de Camus, cuando en la última parte siente la alegría de que podemos volver todos a las calles a estar juntos de nuevo, pero mantiene un pie atrás sintiendo que otra rata rabiosa nos va a morder.
Se volverá pero la precariedad se va a manifestar con toda su crudeza.
La precariedad de la pobreza, la miseria, el hambre. Será un regreso sin gloria, por otro lado. Volver a percibir la precariedad en la que vivimos. Por ahora no tengo más que estas dos imágenes. Vi cómo estaban volviendo a las escuelas y creo que es mejor volver aún en el espectáculo complejo de los sombreros de metro y medio y de tres chicos en una sala. Prefiero volver a la precariedad que como tantos sentirme ahogado en esta provisoriedad. Hay un deseo de padres y chicos de que sea como sea hay que regresar. Y revisar nuestra habitualidad. No regresar al lugar de aceleración, enfermedades, competencias, mercado educativo.


–Muchos padres cuando ven las imágenes de las escuelas del mundo que reabrieron se espantan?

–Soy un poco desconfiado. Tengo la impresión de que los países que ya plantearon el regreso lo hicieron por el experimento de la productividad, para que vuelva a funcionar un poco la maquinaria.
Para dejar un poco libre al mundo adulto y que siga mecanizándose.
No sé si es honesto. Por otro lado, pienso que tenemos una noción, una idea sobre a qué llamamos “escuela”.
Su forma, su apariencia.
Todos los cambios que se produjeron en esa apariencia han provocado una reacción inmediata de rechazo o adoración. Hay algo que hay que discutir sobre la forma escuela.
El rechazo tiene que ver con que da la sensación –y confieso que a mí también– de que están yendo a la escuela pero ésa no es la forma escuela o no la que nos gusta.
Con el contacto, el cariño, el afecto, la compañía, el roce, la ronda; todo lo que es estar los cuerpos juntos. Es, quizá, caer en la cuenta de que no haya una forma escuela. O que la forma escuela es totalmente informe, no deformada, sino una forma que hay que hacer todo el tiempo. Pensemos en las escuelas de fronteras o en las de los campos de refugiados…


–O en la escuela como comedor…
–Los noventa trajeron la forma comedero y así podríamos revisar? hay escuelas que se han vuelto forma radio, danza, literatura.
Esto pone en tela de juicio que hay formas consagradas. Pueden serlo para una época determinada, pero han sido mutantes todo el tiempo.
Con honestidad brutal, en las últimas semanas he vuelto a leer y pensar sobre la idea de una educación pobre. Al contrario del exceso y la parafernalia de la conectividad, de que podemos estar todos, que el micrófono, la cámara, los pizarrones, no sé cuánto… toda la sofisticación me ha hecho retroceder a la pedagogía pobre. Está vinculada con la idea del arte pobre de los ‘60, con el cine, el teatro. Era una idea de trabajar de alguna manera con lo olvidado, lo descartado, lo que en algún momento de la historia se deshecha como antiguo, añejo, anacrónico, y convertirlo en el conector del debate y el trabajo educativo. No es en el sentido de para pobres o empobrecida. Es aquella pedagogía que mira a los costados y se da cuenta de que lo más importante de la vida o del mundo es aquello que quizás hemos dejado ignorado. El residuo, la basura de una época. Estoy en una suerte de rechazo a la sofisticación, a lo que algunos llaman el pantallismo exacerbado. De quedarse enredado en esos espejitos de colores y los efectos que provocan. La pobre es una suerte de pedagogía melancólica que se pregunta por aquello que fue abandonado. Está en el mundo, sólo que a los costados, no hacia adelante en esa idea de progreso mortífero que tenemos los humanos.


–¿Y qué residuos se podrían rescatar?

–Siempre fui de los que piensan que educar tiene que ver con poner el mundo sobre la mesa. Es una suerte de banquete; invitar a la gente a que conozca, sienta, perciba, toque todo lo que la humanidad ha creado. Recuperar la tradición de lo pobre implicaría rescatar el arte, en primer lugar. No la productividad artística: la vida artística. Esa vida inútil de lo bello, la apreciación estética, renunciar a la apreciación tecnológica y poner en el centro de la escena una existencia poética, ética, política en las mejores tradiciones.
Recuperar muchísimas experiencias de escuelas de arte, de música, populares, de gestión social.
Como si de algún modo fuéramos contraepocales o nos quitáramos de las exigencias de la época. Oponiendo a la exigencia de rendimiento y la idea de éxito, ahora un poco desmoronada, la idea de una experiencia libertaria que sólo –creo yo– el arte, la lectura, la escritura podrían volver a situar.


–¿Es un momento para repensar, también, la formación docente?

–Es un tema delicado, espinoso. Parece que cada tiempo necesita de una transformación de los programas formativos. Siempre se responsabiliza a la falta de formación de la carencia, como si nunca fuera suficiente, como si siempre hubiera que encerrarnos a formarnos. Está también la maldición de entender a la formación como capacitación o actualización, de sólo revisar las novedades de la disciplina pedagógica.
Me parece que es algo mayor, mayúsculo, que excede el campo de la capacitación o actualización.
Tiene que ver con una permanente revisión de la propia biografía y la colectiva. Con ser capaces de entender qué de verdad nos ha enseñado, qué de verdad hemos aprendido en la vida, qué nos ha dado la escuela que todavía sigue en nosotros, qué nos ha quitado, qué tiene sentido y que lo ha perdido.


Forma parte de una compleja trama de contenidos que se han desviado en los últimos años hacia el camino del maestro y profesor como simple mediador. Como si no hiciera falta un educador para que los niños se relacionaran directamente con la máquina del mundo. La figura de un maestro excede el campo de la escuela. Es siempre aquel o aquella delante del cual podemos hacernos preguntas.


No para que las responda, sino para que acompañe su naturaleza y existencia. Preguntas sobre el amor, el dolor, la muerte, las dificultades, la fragilidad, el hambre, la miseria. Hay que buscar un modo de reconquistar la imagen del educador en términos de una figura esencial en la vida cotidiana de una sociedad.

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En este primer artículo, de una serie de notas dedicadas a patriotas y héroes latinoamericanos, la Secretaría de Relaciones Internacionales de SADOP repasa la vida y obra de Manuel Belgrano.

El derrocamiento de Hipólito Yrigoyen en 1930 dio inicio en nuestro país a un periodo de proscripción de las mayorías populares, la restauración oligárquica-conservadora y la persecución de opositores. Con el Golpe de Estado comenzó la Década Infame.

En 1931 resultó victoriosa la fórmula Agustín P. Justo – Julio A. Roca (h) gracias a la consumación de un grosero fraude y el apoyo del sector financiero nacional e internacional.

Agustín P. Justo, presidente de la Nación entre 1932 y 1938

A través de la ley 12.114 de 1934, el General Justo, un amante de la historia nacional, le encarga a  la “Junta de Historia y Numismática Americana” –luego Academia Nacional de la Historia- la publicación de la historia de nuestra patria.

Ricardo Levene, Presidente de la Academia Nacional, fue un actor clave para escribir la Historia Oficial. Catorce tomos más las separatas sobre los Presidentes culminaron una obra de 20 años de redacción en la que participaron de Mariano Vedia y Mitre, abogado, historiador y político; Juan Álvarez, historiador; el jesuita Guillermo Furlong; Ricardo Rojas, fundador de la Cátedra y del Instituto de Literatura Argentina de la Universidad de Buenos Aires; Ramón Cárcano, ex Diputado nacional y ex Gobernador de Córdoba, y la redacción de Ramón Menéndez Pidal.

Julio A.Roca (h) votando en las elecciones de 1931

Pretendía ser la historia oficial y definitiva de la Argentina, que nunca cambiaría, que seguiría su senda de éxito, insertándose en el mundo capitalista bajo el ala del imperialismo de turno, aceptando mansamente el sometimiento económico y político a Gran Bretaña y el cultural a Francia: una colonia feliz.

La publicación oficial alaba la supremacía de Buenos Aires sobre el interior iniciada con las batallas de Caseros (1852) y terminada con Pavón (1861); se rebautiza al proyecto unitario como “liberal” y ensalza al nuevo Ejército Nacional ocupado en la destrucción de los gobiernos provinciales federales, junto con la cultura nacional, criolla y popular.

La historia nacional-oficial describe el triunfo definitivo de la civilización blanca porteña, que se esforzaba por parecer europea, por sobre la barbarie provincial de los argentinos humildes, gauchos, negros e indios. Era también la victoria de la libertad –de comercio- que arruinaba la economía de las mayorías del interior para beneficio de la oligarquía comercial-ganadera.

En esta patria victoriosa porteña y oligárquica debían desaparecer los indios, los gauchos, los negros y mulatos, para crear un nuevo país de raza pura, blanca, sin caudillos ni anarquistas, sin izquierdistas, sin luchas obreras; donde no hubiera lugar para los “malditos”: José Artigas, Martín Miguel de Güemes, Manuel Dorrego, Juan Manuel de Rosas, Ángel Vicente Peñaloza, conocido como el “Chacho”,  Ricardo López Jordán , Hipólito Yrigoyen… y que se distinguiera bien de los otros países latinoamericanos llenos de chusma negra y cobriza con su lucha por una liberación imposible.

La historia nacional-oficial describe el triunfo definitivo de la civilización blanca porteña.

Luego vinieron los que, más cercanos a nosotros, nos enseñaron esa historia falsificada, tergiversada y mentirosa de José Astolfi y Alfredo Grosso, con todos los reyes europeos y la epopeya de la conquista de América para España y la Iglesia, pero ignorando deliberadamente a próceres y héroes nacionales, provinciales, populares y latinoamericanos. Con la exaltación de Bernardino Rivadavia, Domingo Sarmiento, Bartolomé Mitre y Julio Argentino Roca, y alabando el intento de destrucción del país criollo que dio origen a nuestra conciencia nacional y que incluyó a nuestra patria como parte integrante e indisoluble de América Latina.

Pero nada es definitivo: aparecieron otros escritores y difusores de la verdadera historia: la de las mayorías, la de los inmigrantes de la mano de obra barata, la de los explotados de la tierra, la de los cabecitas negras, la de las luchas populares.

¿Revisionismo? La historia es siempre revisión; y, como dijo Voltaire, “el historiador tiene dos deberes principales: no mentir y no aburrir”.

Con esta presentación y con estas dos premisas, iniciamos en la Secretaria de Relaciones Internacionales de SADOP, una serie de biografías donde no faltarán la de los patriotas argentinos y latinoamericanos: José Artigas, Martín Güemes, Juana Azurduy, Benito Juárez, Mariquita Sánchez, Ernesto Guevara, Eva Duarte, Emiliano Zapata, Omar Torrijos, Manuela Pedraza, Augusto Sandino, Simón Bolívar, Salvador Allende, Juan Perón….

Como es uno de los más grandes y este año se cumplen 200 años de su muerte, comenzaremos con la del Libertador Manuel  Belgrano.

Manuel  Belgrano
PATRIOTAS LATINOAMERICANOS

Manuel Belgrano

Comenzamos esta serie dedicada a los patriotas y héroes de Latinoamérica tratando de ceñirnos a la verdad histórica que muchas veces desmiente a la historiografía liberal, empeñada en rebajar al gaucho, al negro y al indio, es decir, a las mayorías populares de nuestro país y de nuestra América mestiza. La historia oficial catalogó a Belgrano de general y creador de la bandera, nada más. Pero dejó de lado los aspectos más importantes de su vida. Fue abogado, economista, educador y periodista; pero su grandeza estuvo relacionada con sus ideas y acciones en pro de nuestra libertad e independencia, debiendo ser reconocido como uno de los Libertadores de América.

En el año del bicentenario de su muerte y como muestra de respeto y justo homenaje a su enorme figura, he aquí su biografía.

Manuel Belgrado en el programa infantil Zamba.
Los primeros años

Los Belgrano eran 16 hermanos, hijos de una de las familias más acaudaladas de Buenos Aires. Su padre, Doménico Belgrano e Peri (luego Pérez) era natural de Génova e hizo fortuna al llegar a la ciudad-puerto donde se dedicó al comercio, al contrabando, que no era del todo ilícito, y al tráfico de esclavos.

Los padres organizaban el futuro de sus hijos y el de comerciante fue el indicado para Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús, aunque el destino lo llevó por otros caminos. Comenzó sus estudios primarios en el Convento de Santo Domingo, a pocos metros de su casa natal. Luego se licenció en filosofía en el Colegio San Carlos, lo que decidió a su padre a mandarlo a España a estudiar en Salamanca, la más prestigiosa Universidad de lengua castellana.

La historia oficial catalogó a Belgrano de general y creador de la bandera, nada más. Pero dejó de lado los aspectos más importantes de su vida

En 1789 se graduó como Bachiller en Leyes y rápidamente como abogado. Viajes de juventud entre España e Italia y una vida de relaciones alegres de estudiantes con el sexo femenino, le trajo una desgracia que arrastró a lo largo de su vida y quizás le produjo la muerte: la sífilis.

El Consulado

Manuel regresó a Buenos Aires como un alto funcionario virreinal: Secretario perpetuo del Consulado de Comercio, pero se encontró con una desgracia familiar. Su padre había estado preso y perdió casi toda su fortuna al ser condenado por maniobras ilícitas en la Aduana porteña.

Belgrano, dedicado de lleno a su función, propuso el cultivo de cáñamo y lino; la creación de depósitos de trigo; el acopio de cuero e intentó la forestación de la campaña y la introducción de arados y nueva tecnología rural.

Educador nato, se interesó en la creación de una escuela de comercio, luego de dibujo y náutica que creía necesaria para el desarrollo. Como periodista colaboró con varias publicaciones de carácter económico y político. Según su visión, la industria debía ser la base para potenciar la agricultura y que España siempre había postergado en pos de un exagerado proteccionismo que Manuel criticaba pero sin caer en el liberalismo económico.

Algunas de estas propuestas fueron puestas en práctica pero, al cabo de seis años en el Consulado se dio cuenta que a los comerciantes porteños “cortos de entendederas”, solo les importaba comprar por cuatro para vender a veinte. A pesar de los pocos éxitos, fue la época de su mayor producción intelectual.

El primer amor

A los 23 años conoce a una niña de la sociedad: María Josefa Ezcurra, hermana mayor de la que sería esposa de Juan Manuel de Rosas. Pese a haberle dado palabra de matrimonio, los padres de la joven no permiten el casamiento porque la fortuna de los Belgrano se encontraba embargada y el padre arrastraba una causa penal por estafa al fisco.

María Josefa Ezcurra y Belgrano.

Como era de práctica en la época, los padres de María Josefa la casan con un primo comerciante que luego de la Revolución de Mayo y para mantenerse leal al rey, retorna a España para no volver. La relación con Manuel renace pero el matrimonio sería imposible por cuanto Mará Josefa seguía casada. No obstante siguió a su amado en su misión militar a Jujuy y Tucumán, donde quedó embarazada. El 30 de junio de 1813, en Santa Fe, dio a luz a un niño que fue adoptado por la familia Rosas: Pedro Pablo Rosas y Belgrano.

Las invasiones inglesas

A los 36 años a Manuel le otorgan el grado de Capitán de Milicias Urbanas por ser funcionario y a pesar de que no tenía el más mínimo conocimiento militar.

Casi fue un desfile el ingreso de William Beresford, militar y político británico que gobernó a Buenos Aires durante tres meses a raíz de la invasión. Manuel no entró en combate pero se negó a jurar fidelidad a Su Majestad Británica –como lo hizo el resto del Consulado- fugándose a la Banda Oriental.

Luego de la Reconquista, se sumó al Regimiento de Patricios como Sargento Mayor, al mando de Saavedra. Tuvo instrucción militar, estudio táctica y estrategia, se entrenó en el manejo de armas, cavó trincheras y participó en la defensa del Convento de Santo Domingo. En esa época comenzó a reunirse con jóvenes revolucionarios como Mariano Moreno, Nicolás Rodríguez Peña y Juan José Castelli, su primo.

Según su visión, la industria debía ser la base para potenciar la agricultura

La Revolución de Mayo

Su designación como vocal de la Primera Junta lo sorprende. Si bien frecuentaba los ambientes revolucionarios en ningún momento se muestra como hombre de acción frente al grupo mayoritario de jóvenes comprometidos. Manuel ya tenía 40 años. Pero por la fuerza de los acontecimientos, se convierte en uno de los líderes junto a Cornelio Saavedra, Moreno y  Castelli.

La invitación a las provincias del interior, para sumarse a la Revolución, no fue aceptada de manera uniforme: la Banda Oriental, Córdoba, el Alto Perú y la provincia del Paraguay manifestaron su rebeldía ¿cambiar al amo español por el porteño?

Belgrano militar

Castelli comandó la expedición que se dirigió al Alto Perú, fusilando a Santiago de Liniers por contrarrevolucionario, en su paso por Córdoba.

Belgrano, con el grado de Brigadier, marchó a Paraguay con la intención de derrotar al Gobernador Bernardo de Velasco que la Junta creía militarmente débil. Partió de Buenos Aires con 200 milicianos con escaso entrenamiento y fue sumando “voluntarios” por el camino hasta contar con mil hombres.

Su designación como vocal de la Primera Junta lo sorprende. Si bien frecuentaba los ambientes revolucionarios en ningún momento se muestra como hombre de acción

Velasco contaba con un ejército de siete mil hombres, la mayoría de caballería. El primer encuentro fue una derrota para las tropas revolucionarias; Belgrano intenta contraatacar en Tacuarí, siendo definitivamente vencido.

Confiando en la fuerza de la diplomacia inicia conversaciones con oficiales paraguayos los que, en muy poco tiempo forman una Junta Gubernativa que firma un tratado de amistad, auxilio y comercio con los patriotas, manteniendo el Paraguay su autonomía.

De regreso a Buenos Aires es enviado a la Banda Oriental para apoyar a las milicias campesinas y aborígenes que al mando de los hermanos Artigas hacían frente a los realistas. Pero es llamado a Buenos Aires por problemas internos de la Junta.

El motín de las trenzas

En noviembre de 1811 el nuevo gobierno del Triunvirato designó a Belgrano como Coronel del Regimiento 1º Patricios en reemplazo de Saavedra, condenado al destierro. A pesar de que fue cierto que ordenó que los soldados se cortaran la tradicional coleta para igualarse a los demás regimientos, el verdadero motivo del motín fue apoyar a Saavedra a quien consideraban su jefe injustamente condenado.

Rosario: la creación de la bandera

Al frente del Regimiento de Patricios fue comisionado al pueblo de Rosario para erigir dos baterías de cañones: una emplazada en la costa y la otra en una isla frente al pueblo. Tenían por objeto detener el avance de naves realistas que, salía de Montevideo y saqueaban poblaciones rivereñas. Las llamó “Libertad“ e “Independencia”.

En Rosario ordenó el uso de la escarapela celeste y blanca como distintivo de las tropas en lugar de la roja que identificaba a los españoles. El Triunvirato convalidó su uso.

El 27 de febrero de 1812 inauguró las baterías e hizo jurar a sus soldados la recién creada bandera con los colores de la escarapela. El Triunvirato ordenó ocultarla, porque su uso era el equivalente simbólico a proclamar una nueva nación.

El ejército del Norte. El éxodo jujeño

El mismo día en que creó la bandera, el Triunvirato lo nombra Jefe del Ejército del Norte, en reemplazo de Juan Ramón Balcarce y Castelli, luego del desastre de Huaqui. Belgrano rehace al ejército nacional e impone la disciplina, a veces, al costo de severas sanciones.

Los poderosos ejércitos realistas bajaban del Perú, victoriosos, al mando del General Goyeneche.

El 25 de marzo de 1812 el ejército patriota se halla en la ciudad de Jujuy tratando de reorganizarse y armarse. Belgrano nota la inferioridad en que se encuentra y toma una decisión heroica: ordena, bajo pena de fusilamiento, abandonar la ciudad, quemar las cosechas, matar los animales que no se pudieran arrear y no dejar metales ni nada útil al invasor. 15 mil personas, centenares de carretas, en cinco días recorren 250 kilómetros con destino a Tucumán. Pero el Triunvirato le ordena bajar a Córdoba para defender a Buenos Aires ya que no tenía otra manera de contener a los realistas.

En Rosario ordenó el uso de la escarapela celeste y blanca como distintivo de las tropas en lugar de la roja que identificaba a los españoles. El Triunvirato convalidó su uso.

Por primera vez Belgrano desobedece. Los tucumanos le piden que se quede en la ciudad bajo la promesa de conseguirle mil milicianos, caballos, equipamiento, armas y 20 mil pesos para el pago de la tropa.

Batallas de Tucumán y Salta

Mientras tanto, el ejército español, ahora al mando del General Juan Pío Tristán, supera Jujuy y se dirigen con  rumbo a Tucumán para dar batalla.

El enfrentamiento se produce el 24 de septiembre de 1812. Tristán dispone de 3.200 hombres y 15 cañones. Belgrano cuenta con 1.800 y 300 milicianos gauchos, con 10 cañones de pequeño calibre.

Superando vómitos de sangre que le impedían montar, inició el cañoneo a las 11. Arremetió la caballería y la infantería española cargó a la bayoneta. Después todo fue desorden porque el cielo se oscureció y una manga de langostas llenó de confusión a los dos bandos que continuaron combatiendo.

Belgrano se deprime porque se cree derrotado pero es informado por sus oficiales que el campo está lleno de cadáveres realistas. A la mañana siguiente, contaron las bajas españolas que fueron de mil hombres ¡Fue victoria!

Pío Tristán, tratando de rehacerse, se encaminó a Salta. No podía creer en su derrota. Recibe refuerzos y ahora tiene 3.500 hombres.

Belgrano, con la artillería capturada y con ánimo vencedor, se dirige para dar batalla. Tiene 3.400 soldados y el enfrentamiento se produce el 20 de febrero de 1813.

El gobierno nacional premia a Belgrano con 40 mil pesos (equivalentes a 80 kilos de oro) que dona para la construcción de cuatro escuelas en el norte.

Seis horas dura la batalla de Salta y es una nueva y definitiva victoria patriota. Tristán se rinde y Belgrano, después de rechazar su espada y abrazarlo, le concede honores de guerra. Habían sido compañeros en Salamanca. Otorga la libertad a oficiales y tropas bajo juramento de no volver a tomar las armas contra la patria. Algunos criticaron esta acción por demás bondadosa, porque generalmente una victoria terminaba en degüellos y fusilamientos. Pero, en definitiva, el gesto redundó en un aprecio del pueblo por el ejército. Pocos españoles ignoraron el juramento que el Virrey del Perú y el Obispo ordenaron desconocer por provenir de infieles.

El gobierno nacional premia a Belgrano con 40 mil pesos (equivalentes a 80 kilos de oro) que dona para la construcción de cuatro escuelas en el norte.

Las victorias de Tucumán y Salta detuvieron el avance realista en el norte e impidieron que se juntaran con los ejércitos que operaban en la Banda Oriental, lo que posibilitó que San Martín iniciara su campaña en Chile y Perú.

Las derrotas

Belgrano llegó con su ejército victorioso hasta la villa imperial de Potosí dispuesto a cercar a las fuerzas españolas del norte al mando del General Joaquín de la Pezuela. Planeó una maniobra envolvente, atacándolo por tres flancos, con la ayuda de los naturales de la zona. El general español se anticipó y arrolló a los patriotas en la pampa de Vilcapugio. Tratando de rehacerse, evitando deserciones, nuevamente dio batalla en Ayohuma. El resultado fue calamitoso y produjo la caída definitiva de las provincias del Alto Perú.

Belgrano fue sustituido por San Martín. Se encontraron cerca de Yatasto y compartieron la idea y metodología para la independencia continental.

Misión en Europa

En 1814 el Director Posadas envía a Belgrano y Rivadavia a las portes de Inglaterra y España con la confusa finalidad de lograr el reconocimiento del proceso independentista o, al menos, las libertades civiles. Vuelve al año siguiente sin haber podido cumplir el cometido; lo sigue una amante –la insinuante Madame Pichegrú- pero Manuel es enviado a Tucumán para informar sobre la situación europea al Congreso que declararía la independencia.

La declaración de la Independencia

En sesión secreta, informa a los congresales, sugiriendo que luego de la declaración de la Independencia se elija, como forma de gobierno, una monarquía constitucional encabezada por un Príncipe Inca. La propuesta fue apoyada por San Martín y Güemes, pero tuvo la oposición de los representantes porteños. La idea no era descabellada dada la importante población originaria en las provincias del norte y la tendencia monárquica en Europa.

Un nuevo amor y una hija

En su primer estadía en Tucumán había conocido una niña de 14 años –María Dolores Helguero- a la que había dado palabra de matrimonio. Nuevamente no pudo ser por los nuevos destinos de Belgrano que lo llevaron a la guerra y a Europa.

María Dolores se casó con otro hombre pero, la relación continuó en 1818, cuando el General tenía 48 años. De la unión nació una niña que se llamó Manuela Mónica del Corazón de Jesús. Fue educada en Buenos Aires por la familia de Belgrano por expreso mandato testamentario.

Sugirió, como forma de Gobierno, una monarquía constitucional encabezada por un Príncipe Inca.

Sus últimos tiempos

Estando en Tucumán, se complica su salud con un ataque de Paludismo. La hidropesía ya le impedía montar. El Directorio le ordena bajar con el ejército a Santa Fe para reprimir a Estanislao López. Lo mismo le ordena a San Martín que desconoce la orden y permaneces en Chile. Belgrano obedece, pero sus tropas desertan en Arequito.

El deterioro de su salud se profundiza. A los 49 años tenía un cáncer en el aparato digestivo, según reveló su autopsia. Para volver a Buenos Aires pide le adelanten unos sueldos, lo que le es negado porque no había plata en el erario público. Su amigo, el comerciante José Celedonio Balbín, le remite un préstamo de 2 mil pesos.

Manuel ya no camina, tienen que cargarlo; está muy afectado por sus varios padecimientos. Su final se acerca.

La muerte

Casi sin dinero llegó a Buenos Aires a la casa paterna en compañía de su hermano cura y un oficial, que era hermano de María Dolores, y el doctor Joseph Redhead, quien lo atendió durante meses en su etapa final. Como Belgrano no tenía dinero, le regaló un reloj de bolsillo que le obsequió el rey Jorge III de Inglaterra, y que en 2007 fue robado del museo histórico. Estaba valuado en 400 mil euros.

A los 50 años el cáncer, la sífilis, la hidropesía y el paludismo le causaron la muerte ese 20 de junio de 1820. Los diarios porteños lo ignoraron; estaban ocupados en los avatares políticos porque ese día Buenos Aires tenía tres gobernadores.

A su pedido, se lo enterró en el atrio de la Iglesia de Santo Domingo, amortajado con los hábitos dominicos terciarios, en un humilde cajón de pino, sobre el que se echó cal. Una placa de mármol sacada de su cómoda rezaba: “Aquí yace el Gral. Manuel Belgrano”. Lo acompañaron sus hermanos y unos pocos amigos.

En el testamento dejó sus bienes, que eran créditos contra el Estado, a cargo de su hermano cura Domingo Estanislao, con la manda de que, una vez cobrados los créditos y saldadas las deudas, el remanente se destine a la educación de Manuela Mónica, que tenía un año.

Homenajes

Un año después se lo recordó con una misa en la Catedral, declarando la ciudad en duelo, con desfile militar, repique de campanas y un cañonazo desde el fuerte cada cuarto de hora.

En 1895 se decidió la construcción de un mausoleo en la entrada de la Iglesia de Santo Domingo, con suscripción de aportantes voluntarios de Buenos Aires y las provincias.

A los 50 años el cáncer, la sífilis, la hidropesía y el paludismo le causaron la muerte ese 20 de junio de 1820.

En 1902, durante la presidencia de Julio Argentino Roca, se inauguró y trasladaron sus restos; los diarios denunciaron que estuvieron presentes los Ministros Pablo Riccheri y Joaquín V. González,  quienes no se sacaron sus galeras en señal de respeto, y se apoderaron de algunos dientes, únicos restos que no se habían convertido en polvo. Los devolvieron.

Creemos que no hace justicia a Manuel Belgrano al reducirlo a un militar que, sin ser brillante, creó y defendió la bandera de nuestra Patria. Fue mucho más que eso: periodista, jurista, educador, economista. De él dijo San Martin: “Yo me decido por Manuel Belgrano; éste es el más metódico de los que conozco en América, lleno de integridad y talento natural; no tendrá los conocimientos de un Bonaparte en punto a la milicia pero, créame Ud. que es el mejor que tenemos en la América del Sur”.

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