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El legado de Paulo Freire

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Por Mario Morant

Secretario de Relaciones Internacionales

Consejo Directivo Nacional – SADOP

 

            Paulo Freire era un abogado que había dejado el ejercicio de la profesión, atraído por una vocación más auténtica: la de educador. Hacía sus primeras armas en su Estado natal, Recife, al norte de Brasil, una región por demás pobre; y de la mano de la pobreza, reinaba la explotación.

            Su metodología era inédita, ya que su enseñanza partía de la propia situación de marginalidad y opresión de los educandos, suponiendo –acertadamente– que si se tomaba conciencia de la situación de explotación que vivían, se alfabetizarían más rápidamente y –sobre todo– eso les ayudaría a enfrentar la opresión de manera más efectiva.

            Lo hizo con singular eficiencia, pero también llamando la atención de los nuevos gobernantes que estaban poco dispuestos a modificar la situación que su metodología ponía en evidencia.

            El resultado fue el exilio.

            Pero allí nació no sólo una metodología de enseñanza útil para la alfabetización, sino también una pedagogía que, como tal, comprendería también una filosofía sobre el ser humano y la sociedad.

            Primero en Europa, donde estaba exiliado, y luego de regreso en su propio país, Freire fue desarrollando la idea de que el oprimido debía dejar de serlo sin volverse opresor, pero sí debía recuperar SU PALABRA y dejar de lado la palabra ajena, a la que lo condenaba una enseñanza tradicional vertical de arriba a abajo que suponía que el maestro era el único que sabía y su saber debía ser trasmitido o trasplantado al alumno.

            Llamó a esa enseñanza tradicional "bancaria", por su similitud con los depósitos que deben permanecer tal cual han sido efectuados, y generó la idea de una enseñanza horizontal, en la que maestro y alumno emprenden la búsqueda de los conocimientos desde los que ya poseen, en forma dialógica, es decir, a través de un diálogo donde se crucen las experiencias de vida de ambos.

            De esa manera, maestro y alumno aprenderían recíprocamente el uno del otro, y ambos se enriquecerían con la cultura del otro; una educación horizontal, dialógica y concientizadora.

            Su pedagogía siguió enriqueciéndose no sólo con la práctica, sino con las continuas exposiciones que realizó en diversas universidades, academias, etc.

            Fue generando nuevos conceptos o categorías pedagógicas hasta entonces desconocidas. Así, su pedagogía comenzó a designarse como “crítica”, en tanto sostiene la necesidad de no aceptar mansamente las enseñanzas supuestas, sino analizarlas, diseccionarlas, se podría decir, hasta encontrar en ellas el verdadero sentido y el fin al que van destinadas.

            Freire sostiene que la educación también tiene una finalidad política. La enseñanza en términos tradicionales intenta que aceptemos ideas, usos y costumbres ya establecidos que prolongan las situaciones sociales como si fueran naturales, y que no sirven a nadie en particular. La verdad es que no es así, por lo tanto la educación también debe ser un esfuerzo no solo de rechazo de la Verdad que se intenta trasmitir, sino el comienzo de una reacción para proponer otras verdades. De esa manera, la política intenta educar y la educación tiene también un fin político.

            A esta altura del pensamiento de Freire, su pedagogía se ha convertido en un instrumento de liberación, pero, según él mismo, es esencial al método que la praxis acompañe a la reflexión. La una sin la otra hace que pierdan sentido las dos. Se trata de construir un mundo, no sólo de pensarlo o de actuarlo con espontaneísmo y sin reflexión.

            Es por ello que esta será una Pedagogía de la Esperanza, más que en el sentido de la espera, en el sentido del Proyecto. Servirá, justamente, para que los Pueblos Oprimidos generen críticamente una respuesta liberadora y constructora de otra sociedad sin opresores ni oprimidos.