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1º de Mayo: Día Internacional de los Trabajadores

Pronto será un nuevo 1º de Mayo, fecha en que se conmemoran las luchas obreras y se brinda un justo homenaje a las trabajadoras y los trabajadores.

Por José Luis Aizza
Secretario de Relaciones Internacionales, SADOP CDN

En estos tiempos que nos toca transitar, donde todas las trabajadoras y los trabajadores vivimos un repentino cambio en nuestras condiciones y medio ambiente de trabajo, desde la Secretaría de Relaciones Internacionales queremos recordar el origen del Día Internacional de los Trabajadores.

Esta vez tendremos un día tranquilo de feriado, que pasará inadvertido para algunos por la obligatoria cuarentena. No siempre fue así. Algunas veces fueron jornadas de lucha para consumar diferentes reivindicaciones sociales y laborales, generalmente violentas, con feroces represiones. Otras veces fue un día de fiesta.

A pesar de que su adopción como día internacional fue anterior, en nuestro país se conmemoró por primera vez en 1890 y fue una “demostración popular de fuerza y poder frente a la explotación burguesa”. Los años siguientes mostraron mayor participación popular y violencia policial, no por desmanes o agresiones obreras, si no como represión de una ideología que coarta la libertad patronal.

Su origen

La 2ª Internacional de Trabajadores reunida en París en 1889 estableció el 1º de Mayo como “Día Internacional de los Trabajadores”, y ratificó la exigencia del límite laboral de ocho horas diarias.

¿Por qué esta fecha?

En 1881, en los Estados Unidos, la principal organización obrera, la Federación Americana del Trabajo, había fijado el 1º de mayo de 1866, como aquél en que la jornada de ocho horas debía implantarse en todo el país.

En 1883, un movimiento de agitación laboral sin precedentes se extendió por Europa y los Estados Unidos. Reclamaba definitivamente la jornada de ocho horas y culminó con una huelga general de la que participaron 350.000 trabajadores en el país del norte.

Los diarios del régimen se burlaban de la exigencia y apoyaban el sistema de libertad de contratación: “frenan la prosperidad del país” dijo el NY Times. “Indignante y antipatriótico”. “Es lo mismo que pedir que se pague sin trabajar”. “Delirio de lunáticos y antipatriotas”, eran los titulares.

Chicago

La ciudad de Chicago era en 1880 la segunda de los Estados Unidos. Su ubicación cercana a los grandes lagos y el hecho de ser un nudo ferroviario que conectaba el este con el oeste convertía a la ciudad en un centro óptimo para la producción industrial. En pocos meses atrajo 250.000 inmigrantes europeos.

La siderurgia era la principal actividad industrial. La gran expansión de los beneficios empresariales no se tradujo en mejoras para la clase obrera. Los patrones invertían en maquinarias simples que aumentaban la productividad y no requerían mano de obra especializada.

La llegada de inmigrantes, el desempleo, el aumento de trabajadores llegados del campo, permitía sustituir a obreros sindicalizados y especializados por otros nuevos, más dóciles, más baratos, a los que llamaban esquiroles, “scabs” o carneros.

La policía, siempre a favor de los patrones, usaba la violencia frente a las protestas obreras, y era frecuente la contratación de detectives armados de la agencia Pinkerton. Si hacía falta algo más, sobraban los rompehuelgas profesionales que con bates y caños de hierro disciplinaban a los manifestantes. Por el uso de armas –protegido por la enmienda constitucional- eran muy frecuentes las muertes en las demostraciones obreras.

McCormick

La gran fábrica de maquinaria agrícola McCormick fue la iniciadora de uno de los principales conflictos laborales en la ciudad, por la rebaja de salarios, despidos, lock outs, jornadas de 18 horas y hasta descuentos obligatorios para construir un templo.

El 2 de mayo de 1886 la policía reprime una manifestación de obreros y cesanteados en las puertas de la fábrica. Organizaciones socialistas y anarquistas convocan a protestar.

El 3 de mayo nuevamente una multitud de trabajadores espera la sirena de salida de los carneros para apedrearlos. La policía especialmente requerida por la patronal,  responde con disparos de armas de fuego. El resultado fue de seis muertos y decenas de heridos. El gobierno culpó a anarquistas y extranjeros.

Las organizaciones obreras convocan a una concentración para responder a la violencia patronal, aún con la violencia, sin descartar armas y dinamita. Sus dirigentes son bien conocidos por los trabajadores:

Alan Parsons, formidable orador, americano, anarquista; trabajaba con su esposa de raza negra como sastre porque figuraba en la lista negra y ya no conseguía trabajo como tipógrafo. Imprimía un diario de circulación clandestina.

August Spies, alemán, inmigrante, tapicero por no encontrar otro trabajo, era desde hacía tiempo uno de los líderes que pregonaba la violencia revolucionaria. Editaba un diario en alemán que sufragaban sus connacionales.

Engel y Fisher, dos alemanes emigrados eran, el primero pintor, el otro tipógrafo. Proclamaban la insurrección popular sin desdeñar el uso de armas.

Otro anarquista Louis Lingg, también alemán, era entusiasta de la dinamita, arma que, decía, vale por un batallón de policías.

Muchos otros italianos, catalanes, franceses, ingleses, y también americanos adherían a ideas socialistas y anarquistas y participaban de mitines, sabotajes, reparto de publicaciones y manifestaciones.

La bomba de Haymarket

En repudio por la represión en McCormick, organizaciones obreras solicitaron permiso al alcalde de Chicago para hacer un acto público en plaza Haymarket, el 4 de mayo de 1886, a las 19, con la presencia de oradores. Se autorizó el mitin, pero se acordonó la zona con un fuerte dispositivo policial de 180 hombres, El alcalde estaba presente.

Casi 3.000 personas concurrieron; los organizadores esperaban más. El primer orador fue Spies que se expresó en su difícil inglés. Siguió Parsons, con un lenguaje elegante pero severo. En un momento dijo que “a la ley habría que estrangularla hasta que estirara la pata”.

El Jefe de Policía decidió disolver la reunión inmediatamente por cuanto se exhortaba a la violencia. Una numerosa columna de efectivos al mando de un Capitán ordenó a los presentes que se disolvieran.

En ese momento estalló una bomba y varios policías cayeron heridos, uno murió. Los otros efectivos comenzaron a disparar a los manifestantes. A la semana murieron seis policías más como consecuencia de las heridas, algunos de balas de sus propios compañeros.

El juicio

La prensa reclamó medidas drásticas contra los anarquistas y más por ser extranjeros. Muchos políticos y organizaciones ultranacionalistas piden juicio sumario y la horca. Se apresó a los oradores, a los líderes del movimiento, a militantes; se allanaron locales sindicales, se destruyeron imprentas y unas 200 personas fueron encarceladas.

El 21 de junio se procesó a 31 detenidos y a 8 se acusó de los crímenes. Para tres de ellos se pidió prisión y para cinco la muerte en la horca.

El juicio fue una farsa premeditada para satisfacer a la opinión pública. Nunca se pudo probar que los condenados fueran culpables de hacer estallar la bomba, y, en algunos casos, ni siquiera que estuvieran en la plaza. Su condena fue un crimen cometido “en nombre de la ley”. Nunca se supo quien hizo detonar la bomba.

Los tres sentenciados a pena de prisión fueron perdonados de la muerte porque pidieron clemencia al Gobernador. Los otros cinco se negaron a hacerlo; es que era una cuestión de honor revolucionario. Darían la vida en el altar de un ideal.

Lingg, el entusiasta de la dinamita resolvió el problema de otra manera. Lo visitó en la celda un compañero que le llevó cigarros. Uno era de nitroglicerina. Se lo puso en la boca y lo encendió. Fue una tremenda explosión.

Los otros cuatro, Parsons, Fisher, Engel y Spies fueron ejecutados en la horca el 11 de noviembre de 1887.

La narración de Martí

José Martí, escritor, pensador, poeta y héroe de la Guerra de la Independencia de Cuba de 1895, era corresponsal del diario La Nación de Argentina; presenció la ejecución y escribió: “Salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia. Les sujetan las manos con esposas por la espalda. Les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hileras de sillas delante del cadalso, como en un teatro. Firmeza en el rostro de Fisher, orgullo en el de Parsons. Plegaria en el de Spies. Engel hace un chiste a propósito de la capucha. Spies grita: “la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera decir yo ahora”. Les bajan las capuchas. Luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable”.

Se los llama “Mártires de Chicago”. Su sacrificio fue un ejemplo de dignidad en el mundo. Millones se afiliaron a sindicatos, militaron, siguieron su ejemplo. Fue punto de inflexión en las luchas del movimiento obrero. No murieron por la jornada de trabajo, murieron por la dignidad de los trabajadores.

Un año después, en 1888, el Presidente Andrew Johnson promulgó la ley que estableció el límite de la jornada laboral en 8 horas; 19 Estados inmediatamente la adoptaron.

Homenaje a los mártires

Contamos esta historia de luchas, de militancia, de manifestaciones, de represión y martirios, que sucedió hace un siglo y medio.

Pero no podemos olvidar que en nuestra Patria y en Latinoamérica, la resistencia de los trabajadores frente a la opresión tiene siglos de existencia. El trabajador siempre comprendió que sus derechos no son una concesión, que no se solicitan: se exigen.

La insurrección de los indios expoliados en las mitas y encomiendas, la rebeldía de los esclavos negros; las montoneras criollas que fueron resistencia del gaucho frente al atropello y la dependencia; los inmigrantes explotados; la Semana Trágica, la Patagonia Rebelde, La Forestal, el Grito de Alcorta, nos muestran el camino que nos trazaron nuestras mayorías populares. Las que hicieron nuestra Patria y la Patria Grande Latinoamericana.

Hoy, recordándolos en el Día de los Trabajadores, nos convocan a seguir sus pasos.

¡¡FELIZ DÍA COMPAÑERAS Y COMPAÑEROS!!

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