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Desafío de pensar la educación desde la centralidad del trabajo

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Por Daniel E. Di Bártolo
Secretario de Educación
SADOP

“Dime qué sociedad piensas y te diré que educación tienes”. La relación entre modelo educativo y proyecto de sociedad constituye una clave interpretativa para comprender los rumbos que deciden los pueblos o condicionan las elites en el devenir histórico.

 El recordado pedagogo Gustavo Cirigliano lo conceptualizó con profundidad cuando expresó que “no hay proyecto educativo sin proyecto de nación”. (Proyecto Umbral, 2009)

 Composición tema “la vaca” fue la metáfora precisa para ejemplificar que el modelo agro-exportador giraba en torno al campo como origen y destino. La Argentina del primer centenario miraba a Europa como luz ejemplar y se autodefinía como “granero del mundo”.

 La disputa entre el acceso de las clases medias con el yrigoyenismo y el conservadurismo que plasmó un pacto que Arturo Jauretche definió como el estatuto legal del coloniaje, dio paso a al surgimiento del “subsuelo de la patria sublevada”.

 Más cerca, otro pedagogo argentino, Pablo Gentili, escribió un notable artículo en las horas previas de la segunda vuelta brasilera entre Dilma Rouseff y Aecio Neves, donde describe con pluma precisa dos modelos educativos y dos rumbos de país (“Brasil: dos modelos de educación, dos modelos de sociedad”, octubre 2014) .

En la Argentina, esta relación dinámica y creativa entre educación y proyecto de nación está plasmada en íconos de nuestra historia: desde las misiones jesuíticas hasta las escuelas normales nacionales; desde la universidad obrera hasta la desaparición de las escuelas técnicas en los 90; desde la distribución de las netboock y las aulas digitales hasta el plan FINES.

Con frecuencia se suele ejemplificar la importancia que le dio el actual proceso político a la educación, haciendo referencia al viaje que Néstor Kirchner como Presidente y su Ministro de Educación de entonces (mayo de 2003), Daniel Filmus, hicieron a la Provincia de Entre Ríos a solucionar un conflicto originado en la falta de pago de salarios a los maestros y profesores. Sin dudas, fue un gesto que quedó en la historia.

Menos recurrencia aunque tanta importancia tiene un hecho sucedido meses después. Convocados por el Presidente de la Nación concurrimos los sindicatos a la Casa Rosada donde se aguardaba el anuncio del envío al Congreso de un proyecto de ley de educación.

 En torno a una mesa fuimos sorprendidos por otro anuncio: “hay que discutir una ley de educación técnica, faltan torneros, faltan matriceros, y los argentinos tenemos que salir del infierno apostando a la industria y el trabajo”, sentenció Néstor Kirchner con esa simpleza que perforaba la piedra.

 Si “el trabajo dignifica” y, entonces, “es el centro de la cuestión social”, un proyecto nacional gira en torno a lugar que tiene el trabajo en su escala de valores. Para el neoliberalismo el trabajo es un costo de la producción; para el pensamiento nacional es el equivalente de la idea de nación del pueblo.

 La centralidad del trabajo es un criterio fundamental para evaluar los caminos de la economía y la orientación de la política. Sería pertinente construir una escala de indicadores centrada en el trabajo para leer con profundidad el comportamiento de los grupo de poder y sectores de opinión en la sociedad.

 En este marco es que promovemos el desafío de “pensar la educación desde la centralidad de la cultura del trabajo”. No nos referimos solo a la organización ni a la formalidad del sistema educativo ni tampoco, aunque también, a los contenidos de enseñanza; nos definimos por un abordaje, una impronta, una modo de ser en educación cuya lectura básica, fundante y prospectiva está anclada en el trabajo.

 Estamos transitando un proceso político que revalorizó la cultura del trabajo como clave del proyecto educativo. A la ley de educación técnico profesional, le siguieron los planes de mejora que condujo el INET (Instituto Nacional de Educación Tecnológica), continuador del mítico CONET, que concentra y coordina la política de la educación técnica y la formación profesional.

 Lo mismo ocurre con los planes socio – educativos, tanto de la Nación como de las Jurisdicciones. Hay una mentalidad relacionada con la importancia del trabajo en la educación.

Nuestra perspectiva apunta a sostener pero sobre todo profundizar esta política: no basta con más financiamiento ni con mejores herramientas y materiales en las escuelas técnicas, de por si importante y auguramos su continuidad. Es menester un consenso social y un pacto político que pueda plasmarse en forma constitucional y que establezca en nuestro país que la educación se diseña, promueve y orienta desde la cultura del trabajo.

Es un paso hacia el futuro con los pies en el presente. Es heredar a nuestras generaciones el valor del trabajo como suprema realización de la persona y del pueblo. Es disputar con aquellas corrientes de pensamiento y expresiones políticas para las cuales la educación es un mero producto medible en función de su costo y redito económico.

 Es pensar la escuela desde los mismos trabajadores: tanto los docentes como los padres de familia. Por lo tanto es promover una escuela participativa, creativa y alegre, donde trabajar con esfuerzo sea la corriente que nos una en un proyecto colectivo. Así, como ocurre en tantas escuelas, la idea es llevarlo a todas las escuelas.

 Superar esa estructura liberal donde la escuela media es intermedia entre el primario y la universidad, para transitar una nueva escuela secundaria – tal como se está instrumentando en el presente – pero con un fin en sí misma, articulada desde y para el trabajo y relacionada con lo que pasa en la realidad en el mundo del trabajo.

Sugerimos desafíos, este es el primero de cinco, para pensar, debatir y militar.

 Hasta el segundo (“El desafío del financiamiento educativo en términos de proyecto nacional”).