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“En Tecnópolis se presenta un futuro palpable”

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            Tecnópolis es un éxito de convocatoria. ¿Qué balance podría hacer sobre el interés que despierta en la ciudadanía la Tecnología?

            –En la primera etapa, yo la viví un poco como observador, aunque había gente del Ministerio trabajando con una presencia diaria. Me llamó la atención que se pudiera concretar en tan poco tiempo. Tres meses atrás, eso era la isla de Lost, una selva con construcciones derruidas en el medio, bastante terrorífico. Tres meses más tarde era Disney World. Que se haya podido hacer en Argentina, en tan poco tiempo, con una coordinación que en algún momento implicó 12 mil personas trabajando, todo eso en sí, me parece una señal muy clara de que algo cambió en el país. Era impensable, entonces yo pasé de incrédulo a converso. El día de la inauguración, poder ver las luces de ese predio realmente me emocionó. Se trabajó mucho para garantizar la calidad de lo que se exhibía, con una movilización y participación muy grande del sistema científico a través de charlas. Es muy importante el contacto de los investigadores con la gente. Inclusive, una investigadora vino emocionada porque una chica le había pedido un autógrafo, cosa que no pensó en su vida que le iba a ocurrir siendo meteoróloga. Y ver el estado de ánimo de la gente que trascurría por ahí, sólo es comparable con lo que fue la Feria del Bicentenario. Esta inyección de optimismo tiene un componente adicional: ver a los padres comprobar que hay un futuro mejor para sus hijos, el de un país que está ahí, detrás de la puerta, esperando para ellos. Eso les da una cierta tranquilidad, porque las cosas están mejorando y sus hijos van a tener posibilidades que ellos no tuvieron. Y para los niños, obviamente, que vean y puedan disfrutar de una cantidad de cosas de las cuales no tenían conocimiento, y que además ocurren en su país. ¡Eso que veían en la televisión y que parecía tan ajeno está ocurriendo acá! También eso es una inyección de optimismo.

             Y en cuanto a los objetivos políticos de la muestra, ¿qué análisis puede hacer?

            –Me parece que hay un objetivo político que no siempre se tiene en cuenta: el de hacer una proposición concreta de hacia dónde se quiere ir. Hemos vivido un período preelectoral donde hubo disputas de protagonismo; no discusión de ideas, no discusión de futuro. En Tecnópolis se presenta un futuro palpable, que no es un discurso, no es una imagen y no es un afiche; es algo que se ve y es real. Y no sólo es el sector público: hay empresas que están creando tecnologías de punta y trabajo para mucha gente. Me parece que eso, en definitiva, es una plataforma política. Lo interesante es que tiene aprobación unánime, nadie discute que ese es el país al que queremos ir. Entonces, esto simplifica mucho la discusión a futuro: queremos ir ahí, ¿cuál es la mejor manera de llegar? Estamos discutiendo los medios porque el fin ya se acordó. A nosotros, esto nos plantea el importante desafío de mantener y satisfacer estas expectativas que se han creado. Obviamente, Tecnópolis se va a volver a reabrir el año próximo, pero debemos tener alguna exhibición permanente. Nos obliga a fortalecer el área del Ministerio que tiene que ver con exhibiciones y popularización de las ciencias, porque ahora tiene un desafío muchísimo más grande. También tenemos que ver cómo hacemos para llegar de forma más concreta al interior del país. Si bien el Ministerio de Educación está trayendo a chicos de todas las provincias, mucha gente quiere ver algo parecido en su ciudad, lo que va a implicar hacer acuerdos con las distintas municipalidades y ver cómo hacemos para llegar. Es un desafío que hace un año no teníamos; eso es lo interesante de esta tarea.

             Seguramente no fue de manera casual que Tecnópolis se inauguró en la misma semana que la tradicional Feria de La Rural. ¿Cómo se pueden integrar la Tecnología y la Ciencia en un país con tanta historia agrícola-ganadero?

            –Yo creo que son dos modelos que conviven, pero que tienen características diferenciales. El país va a seguir siendo productor de alimentos. Tiene una muy fuerte base en la tecnología agropecuaria que se suele mostrar en La Rural, y tiene muy buena base en la variedad genética de especies de bovinos, caprinos y demás. Pocos países tienen la variedad que tiene Argentina. Sin embargo, es un modelo más restringido. Un chico va y ve un toro campeón, y la probabilidad de que él tenga algo que ver con ese animal es nula, digamos. A lo sumo, si tiene suerte, podrá comer a los tataranietos de ese toro. En cambio, en Tecnópolis tenemos vacas clonadas transgénicas, cuya leche produce proteínas de interés farmacéutico. Entonces, ese animal vale muchísimo más que cualquier campeón, por el valor de su leche, que es producto del conocimiento y no del capital. Para hacer esa vaca, para generarla, de alguna forma, contribuyó gente de clase muy humilde que tuvo una educación universitaria. Yo mismo participé en los orígenes de ese proyecto, y mi padre era empleado público y mi madre era maestra; nunca hubiera tenido un toro campeón ni nada que ver con eso. Es una satisfacción decir que esa vaca fue posible por el trabajo de más de veinticinco profesionales que sabían hacer, cada uno, muy bien una cosa, y que confluyeron para obtener ese logro junto a una empresa de capital nacional que tuvo la decisión de invertir 2 millones de dólares para iniciar el proyecto en el año 2001, en medio de la crisis. Me refiero a que en Tecnópolis estamos planteando un modelo en el que la educación, la formación científica, permiten el ascenso social. El otro caso es un modelo ya consolidado, donde el poder adquisitivo está determinado por la cuna en donde uno nació, y la movilidad ascendente no se da en ese contexto. Los dos son parte del país, y sin la riqueza que genera el agro no podríamos tener un desarrollo tecnológico. La gracia está en hacer un uso eficiente de esos recursos.

 

Extracto del artículo publicado en la revista La Tiza Nº 52.