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La historia oficial y la historia nacional

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Continuando con esta serie de presentaciones, la Secretaría de Relaciones Internacionales de SADOP con la colaboración de nuestro compañero Vicente I Serra, retomamos esta sucesión de escritos dedicados a las/los patriotas y héroes de Latinoamérica con la figura de Martín Miguel de Güemes, que durante la mayor parte del siglo XIX, tanto en Salta como en el resto de la Argentina, fue interpretada solamente como la de un caudillo que había alborotado a las masas campesinas contra las clases altas de la sociedad, situación que el patriotismo demostrado a lo largo de su carrera militar no alcanzaba a compensar.

En el año del bicentenario de su muerte y como muestra de respeto y justo homenaje a su enorme figura, he aquí una síntesis de su biografía.

Martín Miguel de Güemes

Salta

Hacia fines del siglo XVIII y principios del XIX, Salta tenía unos 15.000 habitantes, incluida la campaña. Era una de las típicas ciudades coloniales de importancia. En el centro, se ubicaban las casonas tradicionales, con una sala grande para bailes y recepciones, varios patios, habitaciones al frente, y al fondo para la servidumbre. La huerta y el jardín eran infaltables.

Las habitaban las familias de abolengo, la aristocracia salteña dueña de las mejores tierras para pastoreo de mulas y bueyes que eran imprescindibles para el traslado de personas y mercaderías hacia el Alto Perú y Lima. Salta era un nudo en permanente movimiento hacia los difíciles caminos que unían los dos virreinatos.

El  cerro de Potosí fue, durante generaciones, el proveedor de plata que sostenía la economía del norte y también la de España. Al dejar de producir esas enormes cantidades del metal, hubo que buscar otras fuentes de recursos: la caña de azúcar, las vides, el trigo, los telares. Es que Buenos Aires y su puerto quedaban demasiado lejos como para influir de manera determinante en la economía de las provincias norteñas.

Las distancias también eran sociales. La clase dominante mantenía su pureza de sangre prohibiendo casamientos con mestizos y mucho menos con indios y negros, que componían el campesinado, el trabajo doméstico y los oficios. Entre las familias tradicionales estaban los Gorriti, Saravia, Puch, Zuvuría, Güemes.

Salta era la cabecera de la Intendencia de Salta del Tucumán, que abarcaba además Jujuy, Santiago del Estero, Tucumán, Catamarca y Tarija. Enorme territorio con ciudades a veces económica y políticamente rivales.

Martín Miguel

Un 8 de febrero de 1785, en una de esas familias patricias nacía quien fue bautizado como Martín Miguel Juan de la Mata Güemes y Goyechea. Era hijo del Tesorero de las Cajas Reales. Su madre había heredado extensas tierras en Jujuy, por lo que pertenecía a la mayor aristocracia. Tuvieron nueve hijos y Martín fue el segundo.

Los primeros estudios los hizo con maestros particulares para continuarlos en el colegio que había pertenecido a los jesuitas. Se lo menciona como aprendiz de escribiente junto a su padre. En 1799 ingresó como cadete en el III Batallón del Regimiento Fijo llegado desde Buenos Aires hacía pocos años para controlar la región todavía alterada por las sublevaciones de Túpac Amaru y Tomás Catari.

Martín hizo vida militar, recorrió caminos y sendas de esa difícil geografía del norte; se relacionó con gauchos, arrieros e indios. Luego fue trasladado a Buenos Aires para continuar con la instrucción castrense.

Las invasiones Inglesas

Llegó a la capital en 1805. En esos años España era aliada de la Francia napoleónica y, por lo tanto, rival de Inglaterra, la dueña de los mares. Para golpear a España y su poderío económico, se inició al año siguiente el intento de conquista de Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata que, según espías ingleses, era una presa fácil.

El avance de las tropas imperiales sobre la capital, solo encontró la débil oposición del Regimiento Fijo. Luego vino la ocupación fácil ante la huida del virrey y otros funcionarios. Pero Liniers y otros jefes patriotas enfrentaron la invasión; entre ellos Güemes que según se cree, oficiaba de su edecán. Formó parte del contingente que por orden de Pueyrredón atacó el barco “Justina”, de 26 cañones, que había quedado varado ante la bajante del río. Cronistas ingleses mencionan a Güemes participando de una insólita carga de caballería que logra abordar y rendir un navío. En la Reconquista y luego Defensa de Buenos Aires en 1807, fue testigo del alzamiento y combate de todo un pueblo contra el invasor extranjero, y de la importancia de las milicias criollas que serían, pocos años después protagonistas de la Revolución de Mayo.

Regreso a Salta

Tres años había permanecido Martín en Buenos Aires, logrando el grado de Alférez y luego de Tte. de Milicias. En 1808 solicitó permiso para regresar a su tierra al enterarse de la muerte de su padre. En 1810 estaba en Salta, tenía 25 años, cuando llegó la noticia del derrocamiento del virrey y la instalación de la Primera Junta. Algunos salteños festejaron y otros desconfiaron de un futuro que no les aseguraba la prosperidad que hasta ese momento habían logrado.

Los Güemes adhirieron al gobierno de la revolución y Martín formó una pequeña milicia para resguardar la Quebrada de Humahuaca, paso obligado al Alto Perú, en espera del ejército que llegaría desde la capital al mando de Castelli. Juntó gente, caballos y alimentos, y pronto lo identificaron como un caudillo de la región.

Acompañó a Balcarce en los primeros enfrentamientos con los realistas, liderando las milicias gauchas, en la derrota de Cotagaita. Pero reforzados por la guerrilla patriota de la zona, se alcanzó la importante victoria de Suipacha que permitió la ocupación de Potosí y parte del Alto Perú.

Triunfos y derrotas

Pronto comenzaron los roses con los jefes porteños que no reconocieron ni apreciaron la participación de Güemes y sus hombres a pesar de que habían jugado un papel determinante en la batalla. Los oficiales despreciaban a la milicia gaucha por indisciplinada, que era mandada siempre al frente como carne de cañón. Güemes, disgustado, regresó a Salta y sus milicianos se incorporaron al ejército regular.

Las tropas porteñas siguieron marchando hacia el norte deteniéndose en el río Desaguadero, límite entre el virreinato del Perú y el del Rio de la Plata. Allí se dio el enfrentamiento con las tropas realistas. Los patriotas sufrieron una tremenda derrota llamada el “desastre de Huaqui”, con lo que se perdieron la mayoría de las ciudades conquistadas en el Alto Perú.

Güemes pidió su reincorporación y le fue encomendada la defensa de Tarija. Los ejércitos españoles comenzaron su avance hacia el norte del virreinato. Para organizar un ejército que les hiciera frente se envía al Gral. Belgrano que tiene que superar indisciplinas y deserciones, aplicando severas penas.

Unos de los castigados fue Güemes que mantenía una relación sentimental con la esposa de un oficial, con la que convivía. La sanción fue dura por parte de Belgrano; lo remitió a Buenos Aires llevando prisioneros.

Vinieron luego las batallas de Tucumán (1812) y Salta (1813) con las victorias patriotas que permitieron recuperar, al menos en parte, el Alto Perú y la ciudad de Potosí. Pero pronto llegarían las derrotas de Vilcapujio y Ayohuma. Belgrano retrocedió a Jujuy. Esto demostraba que la guerra convencional no era la adecuada en el norte, por su geografía inaccesible y la escasa participación de los naturales.

Se sustituyó a Belgrano por San Martín. Güemes logró salir de Buenos Aires y que se lo asignara nuevamente a las provincias del norte, con el grado de Tte. Coronel.

La guerra de recursos

Güemes fue designado en la vanguardia del ejército nacional. Se entrevistó con San Martín en Tucumán. El general ya había notado las condiciones de caudillo del salteño, su don de mando, el conocimiento del terreno y la lealtad de sus gauchos que lo seguían a muerte a pesar de que a veces no comprendían sus órdenes por su hablar gangoso a causa de la falta de la campanilla. Juntos recorrieron la zona y estuvieron de acuerdo en la inutilidad de un enfrentamiento con un ejército numeroso. Mejor eran las guerrillas, como en las Republiquetas del Alto Perú, exitosas, al mando de Padilla, Warnes, Arenales, Camargo.

San Martín llamaba “guerra de recursos” a no empeñar un enfrentamiento definitivo, si no atacar y retirarse. Desaparecer para atacar a la retaguardia, quemando pastos, secando las aguadas, escondiendo el ganado para debilitar al enemigo. Pero Buenos Aires no estuvo de acuerdo e insistió en un ataque frontal al ejército realista que había ocupado Salta.

Güemes y sus gauchos comenzaron la guerra de guerrillas, amagando un enfrentamiento para luego desaparecer con la caballada del enemigo. Quemando cosechas, envenenando estanques, emboscando pequeñas partidas. Sus gauchos respondían de la mejor manera con muy poco costo en vidas. Los godos al mando del Gral. Pezuela, abandonaron Salta ante la imposibilidad de abastecerse y recibir refuerzos. Éxito criollo.

Buenos Aires insiste

El Director Supremo Posadas ignoró el accionar de los gauchos de Güemes y envió al Gral. Rondeau en remplazo de San Martín quien comenzó a preparar el cruce de la cordillera por una concepción de la guerra en términos continentales. El desprecio porteño por los que conocían el territorio ya era sabido. No obstante, la población de Salta y Jujuy ayudó al ejército con provisiones y hombres en ese norte ya sin recursos por tanto tiempo de guerras y privaciones.

Güemes pronto se enfrentó a Rondeau que despreciaba a los gauchos pero los usaba en las acciones arriesgadas. Tomó presos a oficiales criollos acusándolos de insubordinación y separó a Güemes de su puesto de avanzada, reemplazándolo por Martín Rodríguez.

Con una milicia de 1.000 hombres, el salteño se unió al Ejército del Norte, a pesar de las disidencias. Fue una carga de su caballería gaucha la que dio la victoria en la batalla de Puesto del Marqués, desobedeciendo órdenes de Rondeau a quien consideraba incapaz como militar.

Se retiró luego a Salta con sus “gauchos de fuego”. Al pasar por Jujuy, se apoderó de 700 fusiles que estaban para repararse y los llevó a su tierra, sabiendo que la incompetencia del jefe del ejército patriota se transformaría en una derrota que afectaría todo el norte. No se equivocó. En noviembre de 1815, la derrota de Sipe-Sipe significó la definitiva perdida del Alto Perú.

Gobernador de Salta

La ciudad de Salta estaba acéfala porque el gobernador de la Quintana había marchado con el ejército. Buenos Aires no había designado reemplazantes, como era de práctica. Reunido el cabildo de la ciudad, el 6 de mayo de 1815, designó a Güemes Gobernador de la Intendencia de Salta. Era el reconocimiento de su liderazgo por parte del pueblo.

Desde Buenos Aires se consintió el nombramiento a pesar de que el nuevo Director Supremo era Rondeau. Es que el norte era un hervidero de intrigas, agravado por la posibilidad cierta de una nueva invasión realista. Para colmo, el cabildo de Jujuy se negó a reconocer al nuevo gobernador. Finalmente lo aceptó, pero quedó latente la intención de la clase alta jujeña de separarse de Salta, de la que dependía.

Güemes inició su obra de gobierno mejorando las defensas de la ciudad. Buscó el apoyo, a veces reticente de la clase alta cansada de subvencionar los gastos de la guerra. Reorganizó las milicias armándolas adecuadamente, proveyéndola de caballadas y guardamontes. Uniformó las fuerzas con ponchos rojos de vivos negros para diferenciarlos del enemigo. Los “infernales”, su guardia personal, vestían totalmente de rojo.  Así los llamó en oposición al batallón de los “angélicos”, que un cura realista había formado.

Y a los 30 años decidió casarse con la joven Juana Manuela Saravia. Su padre, miembro de la alta sociedad salteña, para dar su consentimiento le exigió que abandonara a una amante que tenía en la ciudad. Soberbio y rebelde, anunció la ruptura del compromiso y su casamiento con la bella Carmen Puch de 18 años, que le fuera presentada por su hermana Macacha, mujer también de excepcional belleza. Con Carmen se amaron apasionadamente y tuvieron tres hijos.

Era la unión de dos familias patriotas y económicamente poderosas. Martín se casó sin permiso de la superioridad, requerido porque seguía siendo oficial del ejército nacional.

Enfrentamientos con Buenos Aires

El Ejercito del Norte actuaba creyéndose superior a las milicias locales. Es que Buenos Aires quería mantener la hegemonía que le daba la riqueza de la aduana y del puerto único. Las provincias eran consideradas meras delegaciones administrativas con autoridades dependientes, designadas por la metrópoli.

Aparte del desprecio por parte de los porteños, las provincias veían cómo el ejército patriota era engrosado en sus filas mediante la leva compulsiva de gauchos. Se apropiaban de las riquezas de los pueblos conquistados, dejando en la miseria a las poblaciones que debían soportar el saqueo. Las milicias gauchas eran enviadas al frente, a misiones peligrosas y a veces suicidas. Güemes comprendió que la marcha del ejército patriota hacia Salta tenía por objeto derribar su gobierno. Los jujeños aprovecharon para sumarse a la oposición a su persona haciendo correr falsas noticias referidas a que los salteños no apoyaban al bando nacional. Un cabildo abierto en Jujuy negó obediencia al caudillo; Rondeau lo declaró “enemigo y reo de estado”, y sus tropas atacaron Salta.

Güemes los esperaba; su táctica de guerrilla confundió al ejército de Buenos Aires. No encontraron alimentos, ni agua, ni ganado. Los pueblos les eran hostiles. Comenzaron las deserciones de los soldados que se negaban a combatir a quienes habían sido sus compañeros. Algunos oficiales insistían con negociar. Fue Macacha la que acercó a las partes. Se firmó un acuerdo de paz y amistad a partir del cual Güemes quedó con el más alto poder en el norte.

Tucumán: la independencia

Mientras los ejércitos españoles eran detenidos en el Alto Perú por las guerrillas de las Republiquetas, en Tucumán se había convocado a un Congreso para declarar la independencia. La urgía San Martín, que para iniciar el cruce de la cordillera debía llevar la bandera de un país independiente. También la apoyaban fervorosamente Belgrano y Güemes.

Surgió la candidatura de Pueyrredón como Director de las Provincia Unidas, con el apoyo del gobernador de Salta. Se conocían de las invasiones inglesas. Además le garantizaba a Güemes el desplazamiento de Rondeau y su sustitución por Belgrano. Era un compromiso no escrito que Martín Miguel, con su guerra de recursos y el pueblo en armas, se ocuparía de detener a los godos en el norte.

Era el plan diseñado por San Martín y compartido por Belgrado y Güemes: el Libertador avanzaría por Chile y Perú y los gauchos salteños evitarían la invasión española; luego se dirigirían al Perú en una maniobra de pinzas.

La guerra gaucha

Güemes y sus partidas gauchas quedaron solos frente a los españoles que, al mando del Gral. De la Serna, bajaba con 4.500 hombres. Se organizó la guerra gaucha: el pueblo en armas contra la nueva invasión. Se atacaba y se retrocedía. Se robaban los caballos de los españoles. Se secaban los pozos. Los gauchos peleaban con lo que tenían, con su único caballo; con una lanza o un machete que cambiaban por el arma del enemigo muerto.

La Serna avanzó luego de la muerte de Padilla y Warnes. Juana Azurduy siguió combatiendo al lado de Güemes. Los godos tomaron Jujuy y comenzaron a escasear los víveres. Los patriotas cortaron Humahuaca para evitar el reaprovisionamiento y la llegada de refuerzos.

La guerrilla salteña, sin empeñarse en batallas frontales, seguía causando daño. Los gauchos ponían su vida. Los terratenientes a regañadientes, apoyaban con dinero, víveres y ganado. Llegó una buena noticia: el triunfo de San Martín en Chacabuco. Esto levantó la moral criolla y fue el motivo que faltaba para que los realistas abandonaran su avance hacia Salta y se replegaran al Alto Perú. Triunfo criollo.

La crisis

Pero Salta y todo el norte estaba devastado, sin recursos y con una economía cerrada. Los de la clase alta se preguntaban si no habría sido mejor seguir con los españoles.

Buenos Aires no ayudaba. El norte de desangraba. Güemes tenía que poner fuertes impuestos a la clase principal para poder mantener el estado de guerra. Decía que sus gauchos ya ponían todo, hasta la vida.

En 1818 se acerca una nueva invasión al mando del Brigadier Olañeta que es derrotada. En 1819 fue la de Canterac. Las consecuencias eran tremendas pese al triunfo: requisa de ganado y nuevas contribuciones. Belgrano, desde Tucumán, ayudaba con lo poco que tenía. Pero llegó el triunfo de Maipú y con él la independencia de Chile.

El norte seguía en ruinas. Güemes no tenía otra manera de lograr recursos que imponer a los ricos tributos forzosos. Para colmo, prohibió el comercio con el Alto Perú para desabastecer a los españoles. La clase alta empezó a hablar de una dictadura. Los jujeños intentaron una nueva separación.

1820

Mientras, Artigas en la Banda Oriental resistía a los españoles, a la invasión portuguesa y al poder hegemónico de Buenos Aires. Había logrado formar la Liga de los Pueblos Libres sumando a Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y luego Córdoba.

En 1820 los montoneros de Ramírez y López, en Cepeda, arrasaron al ejército porteño. Desde la capital se había pedido a San Martín que deje Chile y con su ejército venga a defender la cuidad. Desobedeció. También a Belgrano se le pidió que con sus tropasbajara a defender Buenos Aires. Obedeció, pero en Arequito sus soldados se sublevaron y desertaron.

La derrota del gobierno nacional significó la caída del Directorio y que cada provincia reasumiera su autonomía.

Nueva invasión de Salta

Nuevamente un poderoso ejército realista, ahora al mando del Gral. Orozco, se acercaba a Jujuy y Salta. Güemes organizó las defensas con sus incansables gauchos. Impuso un impuesto de 6.000 pesos a los más acaudalados; debía pagar sueldos, armas y suministros. Pero ya la economía y el comercio no funcionaban. Pidió ayuda a otras provincias. Sólo Córdoba, con Bustos, respondió.

Los terratenientes salteños se planteaban de someterse a los españoles con cuyo gobierno habían hecho sus fortunas. ¿Valía la pena la guerra?

Los españoles encontraron la misma resistencia que en anteriores invasiones. ¡Ésta era la séptima! Quema de campos, pueblos abandonados, desaparición del ganado. Algunos combates con gauchos experimentados. Deserciones. En esta campaña los realistas perdieron 1.000 hombres entre muertos y prisioneros. Los patriotas lograron 400 fusiles y 200 sables. Nueva victoria, pero miseria económica y tirantez política.

El sueño del Libertador

San Martín estaba decidido, luego del triunfo en Chile, de llevar a cabo la Guerra Continental con las fuerzas de Simón Bolívar desde la Gran Colombia, para avanzar en maniobra de pinzas sobre Lima donde estaba el principal foco realista.

Güemes debía cumplir su misión de contener los ejércitos españoles desde el norte argentino, para permitir el desembarco en Lima. San Martín logró el nombramiento del salteño como General del Ejército del Norte. Pero hacían falta recursos económicos y humanos en un momento en que no había un gobierno nacional patriota y los porteños se desentendían de la guerra de la independencia.

Güemes recurrió a Bustos, gobernador de Córdoba que sugirió un Congreso de unidad nacional, que fracasó. Las provincias del litoral estaban empeñadas en su propia guerra fratricida. Salta sólo recibió el refuerzo de 400 hombres que envió Córdoba.

Conflictos en el norte

En Tucumán, un caudillo que peleó al lado de Belgrano, Bernabé Aráoz, comenzó a hacerse fuerte y planear una provincia independiente. Una revolución apresó a Belgrano; el Cabildo designó a Aráoz como gobernador y la provincia pasó a llamarse República de Tucumán.

Simultáneamente, Ibarra, reconocido caudillo de Santiago del Estero se levantó en armas separándose de Tucumán de la cual pertenecía. En ese momento se acercaban los 400 hombres de refuerzo para Salta. Aráoz impidió su llegada por lo que Güemes debió involucrarse en la guerra contra Tucumán. Lo reemplazó en el gobierno su aliado José Ignacio Gorriti.

Nuevo revés para el plan continental de San Martín, demorado por cuanto Güemes no podía avanzar sobre el Alto Perú.

Pero, además, se estaba gestando un complot del que participaba Aráoz desde Tucumán y grupos de la élite salteña que querían terminar con lo que consideraban la dictadura de Güemes. El Brigadier español Olañeta conspiraba contra el virrey del Perú porque quería erigirse como dictador, separando al Alto Perú y las provincias del norte. Comenzó a preparar una nueva invasión.

Complot en Salta

Aráoz derrotó a las tropas salteñas y el Cabildo de Salta, aprovechando la ausencia del caudillo y con la presencia de la clase acomodada que se hacía llamar “la Patria Nueva”, destituyó a Güemes designando gobernador a quien fuera su subordinado, Saturnino Saravia. No desaprovechó la oportunidad Jujuy para sumarse a la asonada.

Rápidamente regresó Martín Miguel, con un grupo de sus leales gauchos. Su sola presencia logró que el pueblo lo aclamara e hiciera fracasar el intento de derrocarlo. Pero seguía la conspiración.

Traición y muerte

La aristocracia salteña seguía con su oposición al caudillo que le imponía fuertes contribuciones y confiscaciones, e impedía el comercio con el Alto Perú. La presencia cercana de Olañeta con el ejército realista, les facilitó la traición. Unos de los integrantes de la Patria Nueva, Mariano Benítez, “Barbarucho”, fue guía de una partida al mando del oficial español Valdés.

El ardid consistía en que mientras Olañeta avanzaba sobre Salta, las tropas de Valdés ingresaban a la cuidad por el casi inaccesible camino de las sierras y sus selvas de altura. Lo lograron y se dispusieron efectivos en lugares estratégicos, intentando emboscar a Güemes.

Era de noche cuando Martín Miguel y una pequeña partida se encontraban en la casa de su hermana Macacha, frecuente centro de reuniones. Se escucharon unos disparos dirigidos al grupo patriota. El caudillo montó rápidamente y con sus leales se apartó de la línea de fuego. Uno de los proyectiles que salió del grupo emboscado hirió a Güemes ingresando por el coxis y saliendo por la cintura. Era una herida de muerte por cuanto padecía de hemofilia, y ese el motivo de porqué evitaba entrar en combate.

El caudillo se mantuvo montado hasta llegar a su campamento en Cañada de la Horqueta. Agonizó durante 10 días y rechazó los médicos que le ofrecían los realistas. En un catre improvisado ordenó al Cnel. Jorge Vidt, alsaciano de Estrasburgo y oficial de Napoleón, su lugarteniente, continuar combatiendo hasta la victoria final. Así lo juraron sus gauchos. Martín Miguel de Güemes falleció el 17 de junio de 1821, año que con la batalla de Carabobo, Bolívar lograba la victoria sobre los godos en la Gran Colombia.

Alcanzó a decir “Carmen morirá de mi muerte”. Fue una premonición, porque a los pocos meses su esposa se abandonaría a morir de hambre, dejando tres hijos.

Un mes después San Martín proclamaba la independencia del Perú. En 1824 se daría la victoria patriota de Ayacucho marcando el final de la dominación española en América.

Los restos del caudillo reposaron durante dos años en la capilla de El Chamical, y actualmente en la catedral de Salta.

Su legado

Güemes dejó todo, hasta la vida por la causa de la independencia. Fue odiado por los gobernantes porteños. Sarmiento lo llamó mezquino, siniestro, ambicioso, anarquista y tiránico.

“La Gaceta”, órgano oficial del gobierno de Buenos Aires publicó: “Murió en Salta el gaucho Güemes: ya tenemos un cacique menos que atormente al país”. Cuando llegaban los partes de guerra desde los campamentos patriotas salteños, en el diario se reemplazaba la palabra “gaucho” por “campesinos patriotas”; es que para los porteños guacho significaba vago, borracho y ladrón.

A Güemes los salteños lo amaban. Lo aman. Lo llamaban su protector y “el padre de los pobres”. Fue el único general muerto en las guerras de la independencia luchando contra el enemigo.

Siempre lo recordaremos y lo honraremos repitiendo el lema del Instituto Güemesiano: “Martín Miguel de Güemes fue el supremo defensor de la libertad y la independencia de las provincias argentinas y el máximo mártir de la emancipación de la Sud América Hispana”.

Secretaría de Relaciones Internacionales

SADOP