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La formación de las nacionalidades iberoamericanas

  • Publicación de la entrada:19 noviembre, 2013
  • Tiempo de lectura:12 minutos de lectura

Por Mario Casalla

Profesor de Filosofía. Presidente de la Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales

 

La fragmentación colonial

De manera muy sumaria, quisiéramos destacar ahora algunos contrastes básicos. En primer lugar, señalemos que las diferentes naciones americanas resultan de la dispersión de la América Hispana y de su decadencia económica</em>; situación exactamente opuesta a lo sucedido con las nacionalidades europeas que son fruto de la concentración geográfica y cultural, es decir, un síntoma de fortaleza.

En América Latina las nacionalidades surgen más bien como fragmentos de un todo mayor y a partir de procesos con fuerte influencia exterior, antes que como decisiones libres y autónomas de estados soberanos que van concentrando poder, como lo fue en el caso europeo. Somos hijos de la fragmentación y de la pobreza, antes que de la concentración y de la riqueza. De aquí que la integración social y regional, así como el desarrollo económico, hayan sido el ideal inicial de casi todos los programas políticos iberoamericanos, y que ambos –como valores deseables– sigan latiendo hasta el presente.

Ahora bien –dado este peculiar punto de partida–, no es de extrañar entonces la debilidad política básica con que nacen estas nacionalidades latinoamericanas</em>; herederas a su vez de la debilidad estructural del imperio español que no pudo retenerlas, una debilidad estructural que se les transfiere agravada. En cambio, está claro que en Europa el proyecto de concentración de la riqueza dio fuerza y sostuvo a los respectivos Estados nacionales que lo protagonizaron, los cuales contaban además con la exacción colonial como fuente adicional de recursos, cuestión que no fue precisamente de poca monta.

 

El trabajo enajenado

En relación con ese mismo contexto económico, adviértase además que el ingreso de estos diferentes pueblos iberoamericanos en su etapa nacional, no coincide tampoco con el florecimiento capitalista de sus respectivas economías locales sino –muy por el contrario– con su  incorporación como colonias económicas en el desarrollo capitalista europeo, que sí se encontraba en plena expansión (el inglés, sobretodo). Es decir que estas nacionalidades son más fruto de la pobreza colonial, que del desarrollo autónomo de sus potencialidades económicas; muestran a un tiempo, tanto la dependencia estructural de origen, como sus reiterados intentos de independencia y liberación nacional.

Tampoco se dio en el caso americano la regla de oro para la consolidación económica de las nacionalidades europeas: esto es, una legislación proteccionista de parte del Estado (para el desarrollo sostenido de una economía nacional en ascenso) y el ulterior reclamo de medidas librecambistas, para colocar en el mercado internacional sus excedentes de producción. La debilidad política y la pobreza económica, con las que nacieron como naciones estas ex colonias españolas, tornaron formales sus respectivas soberanías políticas y consolidaron su dependencia económica externa. El liberalismo político y económico fue aquí la expresión de una debilidad, antes que esa manifestación de fuerza que sí tuvo en la conformación de las nacionalidades europeas. Ese liberalismo que allá operó como ideología emancipadora y justiciera –invocado en Iberoamérica como credo librecambista por las elites criollas dominantes– sirvió más para la consolidación de la dependencia económica que para el fortalecimiento de la soberanía política nacional y regional.

Es que las elites económicas criollas fueron liberales en lo económico pero profundamente conservadoras en lo político y social, por lo cual quien traslade también mecánicamente esas categorías políticas a nuestra realidad iberoamericana deberá invertir su sentido para poder entender algo. Entre nosotros, a veces nada más conservador que nuestros liberales y en otras, nada más revolucionario que nuestros conservadores</em>; restos de una curiosa alquimia colonial que precipita hombres, instituciones e ideas de forma muy diferente a las de sus respectivos modelos europeos.

 

La Nación como proceso inconcluso

Todo esto, a su vez, se expresa en ciertos rasgos culturales que –transcurrido el tiempo– terminarán operando como verdaderos principios estructurantes de nuestras flamantes nacionalidades. En primer lugar hay que destacar el insoslayable hecho colonial. Aquí se transita de la colonia a la nación, mientras que en Europa el proceso es inverso: se parte de una nación con colonias que trabajan para la respectiva metrópoli. Este hecho colonial signa los órdenes políticos, económicos y culturales de América Latina, al tiempo que explica la aparición de nacionalidades débiles, pobres y altamente vulnerables a los vaivenes de las situaciones externas; y también el por qué –a dos siglos de sus respectivas proclamaciones formales y en camino de sus muy peculiares “bicentenarios”– la conformación real de nacionalidades independientes sigue siendo más una tarea que una realidad vivida y consolidada.

Así, el mandato de construir y consolidar una Nación, de formular lo que suele denominarse un “proyecto nacional” independiente, atraviesa gran parte del discurso político latinoamericano, aun después de haberse organizado los respectivos Estados. Y se trata de construir la Nación precisamente porque –a contramano de otras secuencias históricas– los otros dos elementos fundamentales de lo político sí existen (hay Estados y hay sociedades), pero queda ese hiato histórico, indispensable para que el Estado nacional tenga un sentido pleno y esas sociedades gocen de una razonable dosis de libertad y capacidad de decisión. Por el contrario, Europa ya ha consolidado esos procesos básicos hace más de un siglo e incluso hasta los ha agotado; por eso puede plantearse ahora nuevas formas de integración política y económica en el nivel continental, aún con todos los inconvenientes del caso.

 

La integración regional

Y estos ámbitos supranacionales agregan precisamente un nuevo ingrediente al problema: el de la mundialización del poder y de la política. Las sociedades iberoamericanas siguen teniendo por delante de sí la tarea de completar el ciclo de construcción y consolidación de sus respectivas nacionalidades, aun cuando ya sus viejas metrópolis están en otro estadio político. Esta etapa no puede saltearse por más que muchos cantos de sirena se dirijan en esa dirección. El hecho de que este proceso deba darse ahora en un escenario internacional por completo diferente y en una era histórica de abierta “globalización”, no dispensa a la región de esa tarea política básica sino que le otorga marcos, desafíos y oportunidades totalmente diversos que deberá recorrer. Caso contrario corremos el riesgo de estar de vuelta sin haber ido.

Evidentemente el modelo de nación que se pensó para el siglo XIX no es el de este siglo XXI, ni el proyecto nacional de aquellas épocas puede ser el de estas, pero se confundiría largamente quien creyera que –por azar de la “globalización”– la tarea nacional ya no es necesaria. A no ser que se siga pensando para América Latina su incorporación satelizante al nuevo orden internacional, lo cual –por suerte– no parece ser el presente de muchos de sus pueblos y gobiernos.

Por el contrario, una era auténticamente global (es decir, ecuménica) requerirá más y no menos capacidad de decisión nacional para poder participar en ella creativamente. Es decir que –ese orden internacional justo por el cual se piensa y se trabaja– no consiste en la adhesión unánime a una suerte de tratado redactado por unos pocos y ofrecido luego bajo la figura “generosa” de un “consenso” (como el de Washington, por caso, que acaba de fracasar) sino, por el contrario, se tratará de la construcción progresiva e inteligente de acuerdos y caminos comunes que vayan en la dirección posible de una comunidad internacional más justa y solidaria. Una comunidad internacional en la que las lógicas diferenciaciones por el poder y los recursos no atenten ni pongan en riesgo la sustentabilidad del conjunto, que es el valor político a preservar siempre. Esto supone pasar de una “universalidad imperial” (en la que todos los caminos conducen a Roma), a una universalidad situada, donde las singularidades no resultan obstáculos sino ladrillos para el edificio en común.

 

Del Yo al Nosotros

También implicará redefinir la idea moderna de “soberanía”, sobre la cual se ha construido buena parte del edificio internacional hoy en ruinas y que clamando reconstrucción (en serio y no sólo cosmética). 

Lo que está agotado y resulta ahora inviable no es, entonces, el concepto mismo de soberanía, sino uno muy específico: el de una soberanía autárquica, autosuficiente y expansiva; con una concepción esencialmente “egoísta” (yo) y rentística de la vida, siempre a la defensiva (del “otro” que amenaza sus fronteras), siempre presto para la guerra y esencialmente insolidario. Por el contrario, un proyecto actualizado y viable de soberanía (tanto nacional, como regional y continental) requerirá la superación (convencida) de tal egoísmo y su reemplazo por un modelo integrador y dialogante, donde lo “propio” se realice también con lo “otro” (y no contra él) y donde unidades menores vayan posibilitando integraciones mayores que las fortalezcan (y no las absorban).

Habrá entonces de trabajar –también en el plano de la teoría política– por un nuevo imaginario iberoamericano (en el sentido positivo y afirmador del término “imaginario”) y es aquí donde nosotros nos permitimos introducir nuestro concepto de “soberanía ampliada”, el cual nos parece de utilidad epistémica para fundamentar –de una manera diferente– los crecientes procesos de integración en curso.

Entendemos por soberanía ampliada aquélla que realiza y completa su voluntad autonómica y su deseo de libertad (base de todo tipo de soberanía), más allá de la esfera exclusiva del “yo” o del sí mismo. Esto es, un proyecto de libertad y autonomía que –si bien lógicamente parte como reclamo y llamada del “yo”– no se queda en él (a la manera del “egoísmo” moderno), sino que requiere al “otro” como contrapartida inexcusable de mi propia libertad. En consecuencia: mi libertad no termina donde empieza la libertad del otro, sino que allí apenas comienza a madurar ese proyecto en común donde el yo y tú devienen en un “nosotros” político, económico y cultural.

Proyecto de construcción nada idílico por cierto sino –por el contrario– pleno de contradicciones, tensiones y dificultades que habrá que ir resolviendo de a poco, pero inexcusable para la realización en serio de una comunidad internacional sustentable. Así, en este pasaje de la autonomía (imperial) del yo a la heteronomía del “nosotros” , aquel yo inicial se amplía (no se “reduce”, ni se “limita”, como pregona el contractualismo o el pactismo tradicionales) y en esa misma ampliación fortalece y gesta (en comunidad con el “otro”) un espacio y un tiempo cualitativamente distintos: el del “nosotros”, una región por completo diferente y sin embargo encarnada que contiene (y a la vez supera)  los respectivos puntos individuales de partida.